PROJECT 222.2: 73 días, 666 kilómetros y una última oportunidad para ayudar
No he conseguido publicar todos los vídeos que había prometido. Pero, mientras tanto, he seguido corriendo, nadando, pedaleando, saltando, lanzando y descubriendo que un reto solidario puede convertirse en una aventura bastante diferente de la que uno había imaginado.
El 1 de agosto comenzó Project 222.2. Hoy, 12 de octubre, después de 73 días, miro hacia atrás y tengo la sensación de que han ocurrido muchas más cosas de las que cabrían en un simple resumen de entrenamientos. Ha habido carreras, lesiones, buenos resultados, decepciones, nuevos compañeros, conversaciones inesperadas e incluso una subasta benéfica de pelucas y disfraces. Lo que no ha habido, desgraciadamente, son todos aquellos vídeos que había pensado publicar después de la primera semana, a los quince días, el día 22 y al cumplirse el primer mes.
Mi capacidad para planificar contenidos ha sido bastante superior a mi capacidad para producirlos.
Sin embargo, mientras los vídeos se iban quedando pendientes, Project 222.2 seguía avanzando. Y ahora, cuando quedan apenas unos días para cerrar la recaudación, quiero contar qué ha significado este camino, qué he aprendido y, sobre todo, por qué todavía merece la pena sumarse.
¿Por qué 222.2?
La idea nació inspirada por Project 222 de Josh Kerr, el atleta escocés que convirtió los 222 segundos en una referencia para su desafío sobre la milla. Mi propuesta era bastante más modesta y considerablemente más larga: trasladar ese número al maratón y afrontar los 42,195 kilómetros del Virtual New York City Marathon con un objetivo de 3 horas, 42 minutos y 22 segundos.
Pero desde el principio quise que aquel desafío tuviera un significado que fuera más allá de conseguir una marca personal. Así apareció un segundo objetivo: recaudar 2.222 euros para Team for Kids, el programa solidario de New York Road Runners que apoya iniciativas gratuitas de actividad física dirigidas a niños y jóvenes, entre ellas Rising New York Road Runners.
La idea era sencilla: si yo iba a dedicar meses de esfuerzo a preparar un maratón, ¿por qué no intentar que ese esfuerzo ayudase también a otros a descubrir el deporte?
De ahí nació el lema del proyecto: Every step helps another begin.
Y también una regla que me comprometía personalmente con la recaudación. La llamé 88-44-22 Rule: por cada kilómetro nadado aportaría 0,88 euros, por cada kilómetro corriendo 0,44 euros y por cada kilómetro en bicicleta 0,22 euros. Con el tiempo la regla fue incorporando otras actividades, desde los entrenamientos de intervalos hasta la elíptica, la fuerza y las caminatas. Incluso terminó aceptando una nueva disciplina: transportar cajas llenas de libros de un trastero a otro. Después de cargar y descargar una veintena de cajas, me pareció que aquello merecía, como mínimo, la consideración de entrenamiento funcional.
Agosto: cuando la realidad empieza a modificar los planes
El proyecto comenzó el 1 de agosto con un kilómetro de natación en el que tuve que detenerme aproximadamente cada 200 metros. No fue un comienzo especialmente espectacular, pero conseguí completar la distancia y, al día siguiente, participé en el Cross La Rubialada de Parada de Rubiales, una carrera de 10,4 kilómetros, con bastante calor y un recorrido exigente, que compartí con amigos y que también tenía una dimensión solidaria vinculada a Parkinson Salamanca.

Durante aquellos primeros días me encontraba especialmente motivado. Había preparado la web, los objetivos, las aportaciones por kilómetro y numerosas ideas para comunicar el proyecto. Parecía que todo estaba organizado y que solamente quedaba seguir entrenando.
Hasta que apareció mi espalda.
Durante una tirada larga, después de correr aproximadamente 16,5 kilómetros, me encontré con Juan, un antiguo corredor y triatleta con el que terminé hablando durante casi una hora. Compartimos historias de atletismo, triatlón, deportistas y competiciones, de esas conversaciones que hacen que uno olvide completamente el reloj. El problema fue que permanecer tanto tiempo parado después de correr no le sentó demasiado bien a mi hernia lumbar L5-S1 y, cuando intenté regresar a casa, el dolor me hizo dudar de si podría continuar corriendo.
Aquellos días tuve que modificar considerablemente los entrenamientos. La piscina, la bicicleta y la elíptica sustituyeron temporalmente a buena parte de los kilómetros de carrera, y empecé a entender que el verdadero compromiso con el proyecto no consistía en entrenar a cualquier precio, sino en encontrar la manera de seguir avanzando sin agravar una lesión.
Hubo días frustrantes, especialmente cuando comparaba lo que había previsto hacer con lo que realmente podía hacer. Pero también descubrí que adaptarse forma parte de cualquier desafío de resistencia y que un entrenamiento aparentemente modesto puede tener mucho valor cuando las circunstancias no permiten hacer otra cosa.
Y entonces llegó una de las primeras sorpresas del verano.
El 16 de agosto participé en la carrera de Moras Verdes, donde completé los 7,5 kilómetros a aproximadamente 4:16 por kilómetro y terminé segundo veterano. Después de varios días preocupado por la espalda, aquel resultado me devolvió una confianza que empezaba a necesitar.

Poco después llegó Valdemierque, una de mis carreras favoritas y una prueba en la que llevaba tres años intentando subir al podio. Este año había cumplido 50 y pensaba que mi incorporación a la categoría M50 podría facilitarme las cosas. Lo que descubrí fue que había entrado en una categoría extraordinariamente competitiva, con corredores capaces de hacer marcas realmente impresionantes.
A pesar de todo, conseguí bajar por primera vez de 43 minutos en aquel exigente recorrido de diez kilómetros, con calor, polvo y cuestas. Terminé quinto en mi nueva categoría, aunque con el mismo tiempo habría sido segundo en la anterior. ¡Segundo! La situación tenía algo de cómico: había cumplido 50 años pensando que las cosas serían un poco más fáciles y resultó que eran bastante más difíciles.
Pero aquel día me llevé algo más importante que un trofeo: había mejorado mi rendimiento en una carrera que conocía bien y en la que llevaba años intentando progresar.
A los 50 años todavía se pueden empezar deportes nuevos
Ya desde principios de año había empezado a ilusionarme con el salto de altura, como conté en mi anterior reto, Raise the Bar. Mientras preparaba el maratón, durante agosto empezó a crecer otra idea que terminó dando una dimensión inesperada al proyecto: intentar aprender las disciplinas del decatlón máster.
Así comenzaron mis entrenamientos en el Helmántico con Chema, mi nuevo entrenador, una persona cercana, experimentada y con un sentido del humor que resulta especialmente útil cuando uno empieza a hacer cosas para las que todavía no tiene demasiada habilidad.
Comenzaron las sesiones de velocidad, fuerza, arrastres con peso, técnica de carrera y los primeros intentos con la jabalina. Más adelante llegaron el salto de altura, el peso, las vallas y el disco. De repente, a los 50 años, estaba descubriendo movimientos que nunca había aprendido y afrontando disciplinas en las que no tenía prácticamente ninguna experiencia.
Esta ha sido una de las sorpresas más estimulantes de Project 222.2. Cuando pensamos en el deporte a partir de cierta edad, tendemos a imaginar que el objetivo principal consiste en conservar lo que todavía podemos hacer o en retrasar la pérdida de capacidades. Sin embargo, yo estaba descubriendo algo distinto: todavía podía ser principiante, aprender cosas completamente nuevas y mejorar en disciplinas que nunca había practicado.
Por supuesto, los comienzos no siempre son elegantes. En uno de mis primeros entrenamientos de disco, realizado junto a un campo de fútbol, Chema observó la trayectoria de un lanzamiento y exclamó:
«¡Has matado al portero!»
No tengo constancia de ninguna víctima, pero reconozco que todavía tengo bastante margen de mejora en lo que respecta a la precisión.
Una fiesta de cumpleaños que terminó convirtiéndose en una pequeña campaña solidaria
El último fin de semana de agosto, mi grupo de amigos y yo organizamos una escapada a una casa rural para celebrar mi 50 cumpleaños. Hubo paseos, mucha comida, algunas bebidas de más y bastante menos entrenamiento del que probablemente habría recomendado cualquier entrenador.


Pero también ocurrió uno de los momentos más bonitos de todo el proyecto.
Había llevado algunos disfraces y objetos que habíamos utilizado durante años en distintas San Silvestres y se me ocurrió organizar una pequeña «subasta benéfica». Pensaba que dedicaríamos diez minutos a la broma y después continuaríamos con la fiesta, pero mis amigos empezaron a pujar por pelucas, disfraces, un pollo, un bikini, un collar de flores y otros objetos cuya utilidad práctica era difícil de justificar.
La subasta terminó durando una hora y media y conseguimos recaudar 166 euros para Team for Kids.
Aquella noche comprendí algo que hasta entonces me había costado trasladar: una campaña solidaria no tiene por qué ser solemne para ser significativa. Puede surgir entre risas, bromas y objetos absurdos, siempre que exista un propósito compartido.
También aparecieron algunas preguntas que me hicieron reflexionar. Uno de mis amigos planteó cómo podía pedir donaciones para una causa solidaria mientras estaba dispuesto a gastar una cantidad considerable de mi propio dinero en viajar a Nueva York.
La pregunta era legítima y me ayudó a comprender que necesitaba explicar mejor la diferencia entre ambos compromisos. Mi viaje a Nueva York es mi reto personal y lo financio yo; las donaciones a Team for Kids no pagan mi viaje, sino que se destinan a los programas deportivos que apoya la organización.
El objetivo no es que otras personas financien mi aventura, sino intentar que esa aventura sirva también para generar oportunidades para otros.
Septiembre: buenos resultados, nuevas experiencias y algunas decepciones
Septiembre comenzó con una experiencia bastante menos brillante que mis últimas carreras a pie. Participé en un acuatlón que era Campeonato de Castilla y León y, después de nadar un kilómetro en 23 minutos y 30 segundos, superé el tiempo de corte previsto de 22 minutos. Afortunadamente, la organización permitió que continuara y terminé la competición en 47:35, en el puesto 44 de 50 participantes. Como dice el compañero de fatigas Rodri (el que me engañó para que me apuntara): Estamos en el TOP 30 y Top 50 de Castilla y León!!!.


No fue precisamente uno de mis mejores resultados, pero sí una experiencia que me recordó que siempre existen disciplinas en las que todavía tenemos mucho que aprender. En mi caso, basta con añadir agua a una competición para que la clasificación cambie considerablemente.
Poco después llegó el 5K de Monterrubio, donde conseguí correr los cinco kilómetros en 19 minutos y 50 segundos, a un ritmo ligeramente inferior a cuatro minutos por kilómetro. Fue uno de los resultados deportivos que más satisfacción me produjo durante estos meses, aunque, una vez más, el podio decidió escaparse por una combinación de circunstancias bastante peculiar.
Uno de los corredores que normalmente gana la carrera terminó cuarto absoluto y, al no recibir esta vez uno de los premios absolutos, entró en la clasificación de mi categoría. Eso me dejó fuera del podio por aproximadamente treinta segundos. Y, para completar la jornada, tampoco pude contribuir correctamente a la clasificación por equipos de mi nuevo club, ALCER, porque olvidé inscribirme indicando el nombre del club. Chema había cometido el mismo error, así que al menos podíamos compartir la responsabilidad.

Por suerte, después de cincuenta años uno empieza a relativizar estas cosas. Me habría gustado subir al podio, naturalmente, pero haber conseguido bajar de veinte minutos en cinco kilómetros era una satisfacción mucho más duradera que cualquier clasificación.
Peñarandilla: kilómetros, amigos y muchas risas
Otra de las carreras más divertidas de estos meses fue la de Peñarandilla, a la que vinieron desde Madrid mis amigos Edu y Neus, con quienes he compartido muchas aventuras deportivas a lo largo de los años, incluidos varios maratones.
Volver a encontrarnos en una línea de salida y disfrutar de una carrera juntos fue una de esas experiencias que me recuerdan por qué me gusta tanto correr: no siempre se trata de mejorar una marca o conseguir un puesto en la clasificación, sino de reencontrarte con personas con las que has compartido kilómetros, esfuerzos y buenos momentos.

La carrera salió muy bien, aunque Neus terminó especialmente acalorada y, como ella misma se encargó de recordarnos, «¡Es que yo no soy castellana!».
Entre el calor, las bromas y las ganas de reírnos, acabamos grabando un vídeo cómico que todavía me hace sonreír al recordarlo. Y es que hay carreras que uno recuerda por el tiempo que hizo y otras, probablemente las mejores, por las personas con las que las corrió y las risas que vinieron después.
De la Cuna al Sepulcro: una avispa, 14 kilómetros de viento y unas cervezas bien merecidas
Otra de las aventuras de finales de septiembre fue la carrera «De la Cuna al Sepulcro», entre Mancera y Tordillos, una prueba de 14 kilómetros que empezó de una manera bastante inesperada.
A falta de un minuto para la salida, una avispa decidió picarme justo en el sobaquillo y pegué un grito que debió de escucharse en buena parte del pueblo. Algunas de las señoras que estaban esperando la salida presenciaron la escena y, por lo visto, se quedaron con mi cara.
Lo divertido llegó varios kilómetros después, cuando atravesábamos uno de los pueblos del recorrido y escuché que alguien gritaba:
«¡Mira, el de la avispa! ¿Qué tal el picotazo?»
Sin pensármelo demasiado, respondí:
«¡Bien, voy tan agotado… ¡que no siento el brazo!»
Al menos había conseguido hacerme famoso, aunque fuera por motivos bastante poco deportivos.
Y lo peor todavía estaba por llegar, porque durante los 14 kilómetros tuvimos que luchar contra un viento constante en contra y un calor sofocante que convirtieron la carrera en una auténtica prueba de resistencia.
Llegamos exhaustos, pero afortunadamente la jornada tenía preparado un final mucho más agradable: unas cervezas con algunos de los incondicionales, entre ellos Chus y Juan Luis, con quienes compartí risas, anécdotas y un rato estupendo después de tanto sufrimiento.
Volví a casa pensando que aquella carrera había tenido de todo: una picadura, viento, calor, una inesperada popularidad entre las vecinas y, sobre todo, muy buena compañía.
Definitivamente, hay carreras que se recuerdan por la marca y otras que se recuerdan por todo lo que sucede alrededor.
Y mientras tanto, el decatlón seguía avanzando…
Mientras todo esto sucedía, seguían las sesiones en el Helmántico, donde empezaba a sentirme cada vez más cómodo con la idea de preparar una prueba combinada. Hice mis primeros ejercicios de vallas, continué trabajando la altura y comencé a familiarizarme con el peso y el disco.
Llegué incluso a llevar a Chema una tabla con mis objetivos y las marcas del francés Erik Roso, campeón mundial máster M50, para comparar hasta dónde estaba de aquellos registros. Su comentario fue tan sencillo como oportuno: podía haber elegido como referencia las marcas del campeón de España…

Probablemente tenía razón.
Pero detrás de aquella comparación había una curiosidad que sigue acompañándome: no sé hasta dónde podré llegar, aunque me apetece mucho averiguarlo. Y, aunque todavía quede muy lejos, poder terminar algún día un decatlón, siguiendo modestamente los pasos de atletas como Antonio Peñalver o Dan O’Brien, sería un sueño deportivo extraordinario.
Además he visto que ha habido atletas jovencitos de 85 años que lo han completado en el campeonato del mundo de Corea, osea que empezando a los 50…podría competir con mucha suerte 35 años…como mínimo!
ALCER: descubrir que el atletismo también es un deporte de equipo
Una de las experiencias más gratificantes de estos meses ha sido, sin duda, mi incorporación al club de atletismo ALCER. Y aquí tengo que empezar dando las gracias a Chema, que fue quien me animó a dar este paso y que, desde el primer momento, ha sabido combinar sus conocimientos y experiencia como entrenador con una cercanía y un sentido del humor que hacen que cada sesión resulte mucho más agradable.
Pero también quiero agradecer a todos mis nuevos compañeros y compañeras de entrenamiento la acogida que me han dado, sus consejos, sus ánimos y esa capacidad de hacerte sentir parte del grupo desde el primer día.
Llegar a los 50 años y empezar a aprender disciplinas completamente nuevas puede resultar un poco intimidante, especialmente cuando estás rodeado de atletas con mucha más experiencia, pero ellos han conseguido que cada entrenamiento sea una oportunidad para aprender, mejorar, reírnos de nuestros errores y celebrar los progresos de los demás. Ha sido una experiencia genial y, sinceramente, uno de los mejores descubrimientos de estos meses.
Y hay algo más que no esperaba: descubrir lo diferente que resulta correr cuando no corres solamente para ti.

Durante las dos últimas semanas hemos conseguido subir al podio por equipos y, en la reciente carrera de la Universidad, terminamos como octavo mejor equipo, después de una prueba en la que tuve que sufrir especialmente en las cuestas para aportar todo lo que pudiera al resultado colectivo.
Estoy convencido de que, si hubiera participado únicamente a título individual, habría llegado tranquilamente tres minutos más tarde. Pero saber que mis compañeros también estaban esforzándose, que cada puesto podía contar y que mi resultado formaba parte de algo compartido me hizo apretar los dientes y seguir adelante cuando las piernas ya empezaban a protestar.

Y todavía quedaba otra experiencia que me iba a recordar hasta qué punto correr acompañado puede cambiar una carrera.
Después de una semana prácticamente sin entrenar y con bastante estrés acumulado, participé en la carrera de la Guardia Civil, donde, a pesar de no llegar precisamente en las mejores condiciones, conseguí realizar una buena actuación. Pero lo más bonito de aquella jornada no fue mi propio resultado, sino haber podido hacer de liebre a la corredora que ocupaba la tercera posición y acompañarla mientras remontaba hasta conseguir la victoria.

Ver cómo iba recuperando posiciones y terminar compartiendo de alguna manera su triunfo fue una satisfacción enorme, de esas que difícilmente se reflejan en una clasificación.
Eso sí, mi espalda decidió recordarme al terminar que el entusiasmo también tiene sus límites y volvió a hacerse notar.
Una vez más, Project 222.2 me estaba enseñando que hay días en los que el mejor resultado no es necesariamente tu propia marca, sino haber ayudado a otra persona a conseguir la suya.
Y esa ha sido otra de las grandes lecciones de mi incorporación a ALCER: a veces somos capaces de dar mucho más de nosotros mismos cuando el esfuerzo deja de ser exclusivamente nuestro.
Resulta curioso que, después de tantos años corriendo, haya tenido que cumplir 50 para descubrir hasta qué punto el atletismo, un deporte aparentemente individual, puede convertirse en una experiencia colectiva extraordinaria.
Los vídeos que nunca llegaron
Durante estos dos meses y medio ha habido algo que me ha producido una frustración diferente a la de cualquier carrera o entrenamiento: no haber conseguido comunicar el proyecto como había previsto.
Quería publicar un vídeo después de la primera semana, otro a los quince días, otro al cumplirse 22 días y un resumen al finalizar agosto. Tenía ideas, fotografías, grabaciones y anécdotas, pero cada semana aparecían nuevas obligaciones y los vídeos seguían quedándose pendientes.
Al principio me preocupaba porque tenía la sensación de estar fallando en una parte importante de Project 222.2. Con el tiempo he empezado a entender que, aunque la comunicación es necesaria para una campaña solidaria, no debería confundirla con el proyecto mismo.
Mientras los vídeos no llegaban, los entrenamientos seguían haciéndose, los kilómetros continuaban acumulándose y el compromiso con Team for Kids seguía vigente.
También ha habido días de cansancio y momentos en los que las obligaciones laborales han dejado poco espacio para entrenar o preparar contenidos. No siempre ha sido fácil encontrar el equilibrio entre el trabajo, el deporte y la vida personal, y sería poco sincero presentar estos meses como una sucesión continua de entusiasmo y motivación.
Sin embargo, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que una parte importante del valor del proyecto está precisamente ahí: en seguir haciendo lo que uno puede, incluso cuando las cosas no salen exactamente como estaban previstas.
Lo que realmente me llevo de estos 73 días
Cuando empecé Project 222.2 imaginaba una secuencia bastante ordenada: entrenar, documentar los entrenamientos, recaudar fondos y correr el maratón.
La realidad ha resultado mucho más interesante y bastante menos previsible.
He tenido que modificar entrenamientos por problemas de espalda, he corrido algunas de mis mejores carreras, he terminado casi al final de la clasificación en un campeonato de acuatlón, he empezado a aprender pruebas de atletismo que nunca había practicado y he descubierto que cumplir 50 años no significa necesariamente dejar de proponerse desafíos nuevos.
También he compartido kilómetros con amigos, conocido nuevos compañeros de entrenamiento, mantenido conversaciones que han durado bastante más de lo previsto y comprobado que una fiesta de cumpleaños puede convertirse, de manera completamente inesperada, en una pequeña iniciativa solidaria.
Pero quizá lo más importante es que estos meses me han recordado que el deporte no se reduce a los resultados. Las marcas son importantes, por supuesto, y me encanta intentar mejorarlas, pero las personas, las experiencias y todo lo que sucede alrededor de los entrenamientos terminan teniendo un valor que ninguna clasificación puede reflejar.
666,6 kilómetros: cuando los números vuelven a aparecer
Y, como parece que los números se han empeñado en acompañar esta aventura desde el principio, he querido hacer también un balance de la distancia recorrida durante estos 73 días.
Sumando los kilómetros registrados en Strava y aquellos entrenamientos que nunca llegaron a quedar grabados —en ocasiones por un problema tan poco deportivo como quedarme sin batería en el reloj—, mi estimación se acerca a los 666,6 kilómetros de actividad física, una cifra que tiene algo de especial porque equivale exactamente a tres veces los 222,2 kilómetros que dan nombre al proyecto.
Detrás de esa cifra hay kilómetros corriendo, nadando, pedaleando y caminando, además de muchas sesiones de fuerza, velocidad, saltos y lanzamientos que no siempre pueden expresarse en kilómetros. También hay días en los que el entrenamiento salió mejor de lo previsto, otros en los que tuve que conformarme con hacer mucho menos de lo que quería y algunos en los que simplemente encontrar un rato para moverme ya suponía un pequeño triunfo.
Lo interesante de este balance no es tanto la distancia recorrida como lo que representa. Al comenzar Project 222.2 decidí que cada kilómetro tendría también un pequeño valor solidario, porque quería ser el primero en comprometerme económicamente con la causa. A ese compromiso personal se han sumado las aportaciones de otras personas y momentos tan inesperados como aquella subasta de cumpleaños que consiguió recaudar 166 euros entre risas, pelucas y disfraces.
Y quizá ahí se encuentre la mejor explicación de lo que he intentado hacer durante estos meses: convertir muchos pequeños esfuerzos individuales en algo que pueda tener un significado colectivo.
Porque, aunque los kilómetros los haya recorrido yo, el verdadero objetivo de Project 222.2 nunca ha sido únicamente llegar a una meta, sino contribuir a que otros tengan también la oportunidad de empezar su propio camino.
El último gran desafío: 42,195 kilómetros y una oportunidad para ayudar
Y ahora queda el desafío que dio origen a toda esta aventura: correr el Virtual New York City Marathon.
La ventana para completar la prueba será del 24 de octubre al 1 de noviembre, y aunque todavía tengo que decidir definitivamente el día y el recorrido, mi intención es aprovechar el domingo 1 de noviembre y buscar un circuito lo más llano posible, que me permita mantener un ritmo constante durante los 42,195 kilómetros.
El objetivo inicial sigue siendo completar la distancia en 3 horas, 42 minutos y 22 segundos, aunque después de todo lo vivido durante estos meses tengo bastante claro que llegar a la salida en buenas condiciones y terminar el maratón será mucho más importante que cualquier cifra del cronómetro.
La espalda ya me ha recordado en varias ocasiones que conviene escuchar al cuerpo y que la capacidad de adaptación también forma parte del entrenamiento.
Pero antes de ese día queda otro objetivo que no puedo conseguir solamente corriendo: recaudar 2.222 euros para Team for Kids.
La campaña de recaudación entra ya en sus últimos días y el plazo de Team for Kids termina el 14 de octubre. Por eso quiero hacer una última petición a quienes habéis seguido el proyecto, os habéis interesado por mis entrenamientos, me habéis acompañado en alguna carrera o simplemente creéis que todos los niños y niñas deberían tener oportunidades de practicar deporte.
Si todavía no has colaborado y te apetece hacerlo, este es el momento.
No hace falta realizar una gran aportación. Una donación de 5, 10 o 20 euros puede parecer pequeña, pero cuando muchas personas deciden participar, esas cantidades empiezan a convertirse en algo importante. Eso es precisamente lo que me gustaría conseguir con Project 222.2: transformar pequeños gestos individuales en una contribución colectiva.
Las donaciones se realizan a través de la plataforma oficial de Team for Kids y se destinan a apoyar los programas deportivos y comunitarios de New York Road Runners, que ayudan a niños y jóvenes a mantenerse activos, ganar confianza y descubrir los beneficios de la actividad física.
Durante estos meses he intentado poner mi parte con cada entrenamiento, cada kilómetro y cada pequeña aportación personal. Ahora me gustaría que el último impulso fuese también una experiencia compartida.
Mi reto es correr un maratón. El verdadero propósito de Project 222.2 es ayudar a que otros tengan la oportunidad de empezar a correr.
Si puedes colaborar, te estaré enormemente agradecido. Y si no puedes, compartir este artículo o la campaña con otras personas también es una forma muy valiosa de ayudar.
Gracias a quienes habéis donado, preguntado, animado, corrido conmigo, participado en aquella disparatada subasta o simplemente dedicado unos minutos a escucharme hablar del proyecto.
Quedan pocos días para cerrar la recaudación, pero todavía podemos conseguir que estos dos meses y medio de esfuerzo tengan un significado que vaya mucho más allá de mis 42,195 kilómetros.
One day. One kilometre. One brick at a time.
Every step helps another begin.
DONA AL PRYOYECTO 222.2 — APOYA PARA QUE LOS NIÑOS CREZCAN HACIENDO DEPORTE !!! TEAM FOR KIDS GO GO GO!!!
MAS INFO: https://fundraisers.nyrr.org/roberto-crespo-ramos
PARA DONAR: https://donations.nyrr.org/donations/new?fundraiser=382a86d28f5a73e895ab
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